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AL POLVO VOLVERÁS

“Comerás el pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la tierra, pues de ella fuiste tomado; porque polvo eres, y al polvo volverás”. 
(Génesis 3:19)

Cuando DIOS creó el mundo y todas las cosas, en ninguna parte de Su plan estaban la muerte o el sufrimiento de las personas. El TODOPODEROSO hizo un mundo perfecto en el que cohabitaban todas las especies. Por encima de todo lo creado estaban los seres humanos, hechos a imagen de DIOS. Tristemente, sabemos cómo terminó esta historia: la primera pareja pecó, y al desobedecer dejaron que entraran la muerte y sus males a la vida de toda la creación. La sentencia fue clara desde el principio: si comes de aquel árbol “ciertamente morirás” (Génesis 2:17). Los hombres fallaron y DIOS el juez reafirmó la condena.

Muchas veces me he preguntado qué sienten los condenados a muerte mientras esperan el momento de sufrir el castigo que se han merecido. En algunos casos, pasan años encarcelados hasta que les llega la fatídica hora, y cuando llega el momento, no hay vuelta atrás.

Cuando DIOS dice que somos polvo y al polvo volveremos, pone frente a nosotros la misma sentencia. Nuestro pecado nos hace culpables, y nuestra condena no es otra que la mismísima muerte. No importa si somos mejores o peores personas, pues todos los seres humanos, después de Adán y Eva, tendrán que volver a ser polvo.

Sin embargo, hubo Uno que no conoció pecado, pero sí conoció la condena a muerte. Fue juzgado por las culpas de otros, castigado por los errores que todos cometimos, y crucificado y asesinado, a pesar de que no merecía tal pena. Él supo lo que significaba esperar la hora final, pues la esperó toda su vida.

Es tiempo para que todos los creyentes pongamos nuestra mirada en el inocente JESUCRISTO y en lo que Su muerte significa para nosotros. En el juicio por nuestros pecados, Él es nuestro abogado, y por Su sacrificio logra que se nos declare justos. Aunque un día volvamos al polvo, hoy lo exaltamos y lo adoramos, porque por Él nuestra sentencia de muerte se ha convertido en vida eterna.

Amado PADRE, gracias porque en Tu muerte encontramos la vida eterna, y en Tu resurrección hallamos nuestra propia salvación. En el nombre de JESÚS. Amén y Amén.

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